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Catecismos y Dudas

Richard Webb

Después de estudiar varios años de pre-grado para la carrera de economista, llegué a las primeras clases del doctorado, ya seguro de una verdad - que la libre competencia es la piedra de toque para la buena economía. Había aprendido el catecismo, y compartía ese artículo de fe con todos mis film izle
compañeros de aula.

Pero, reunidos para nuestra primera clase doctoral, el profesor nos pidió imaginar un cruce vial donde en una esquina se instala un grifo, y luego otro en una segunda esquina, y así sucesivamente hasta que cada una de las cuatro esquinas luce su propio grifo casi idéntico. “¿Es esta una buena solución para el consumidor?” preguntó el profesor. Cada grifo costaba un dineral en equipos, ubicación, y personal, y todos esos costos recargaban el precio del combustible, además de la inseguridad y congestión creadas por la multiplicación de grifos en un lugar. Lo que ganaba el consumidor era una fracción de segundo para llegar al grifo más cercano, y quizás la idea de que un grifo ofrecía gasolina de mejor calidad que el otro. La pregunta sembró una duda que he valorado toda la vida. Cuando he dudado de mi duda, he recordado que el profesor que la sembró fue reconocido con un Premio Nobel en Economía.

La pregunta mantiene una potente actualidad, especialmente en las ciudades donde todos nos pisamos los talones y la regulación es inevitable. ¿Es la libre competencia la mejor solución para el transporte urbano? Limeños, arequipeños, trujillanos, y ciudadanos de otras ciudades que padecen la congestión y el desorden del tránsito todos reclaman más regulación, y por lo tanto, menos libertad de mercado. Igual sucede con los usos del espacio urbano. ¿Dónde deben instalarse las fábricas? ¿Los ambulantes? ¿Las discotecas? ¿Los grifos? Los negocios en las playas? ¿Los edificios altos? En todos estos casos lo que está en juego no es sólo el beneficio para el consumidor sino también el costo para el no consumidor. Lo uno y lo otro son cálculos difíciles de precisar, y al final se basan en percepciones subjetivas, pero en casi todos los casos ese cálculo termina recortando la libertad de empresa. Repetidamente, la vida urbana nos obliga a poner de lado el catequismo de la libre competencia.

La duda no se limita a temas urbanos. El negocio financiero es altamente regulado, por ejemplo, pero en el mundo entero se pide más regulación, culpando de la actual crisis global al exceso de libertad en esa actividad. Y en el Perú, el ejemplo del exceso de grifos se repite gráficamente con las entidades financieras. Es difícil no dudar de la racionalidad de un sistema que permite que la gran mayoría de capitales distritales carezca de servicio financiero alguno, mientras que las plazas mayores de capitales provinciales como Huaraz y otras se hayan convertido en pequeños Wall Street atiborrados de empresas financieras.

La lección que aprendí en esa primera clase sigue siendo de gran validez: a veces los catecismos son más estorbo que ayuda cuando se trata de resolver los problemas prácticos.

Publicado en El Comercio, 25 de junio de 2012

 


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