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La hora del abuelo

Richard Webb

“Eliminar el ahorro obligatorio sería condenar a los viejos a la pobreza”, decía el experto financiero en la televisión. Otro anunciaba que la medida significaría “pobreza para todos”. Confieso que las frases me removieron. ¿Quién quisiera ser acusado de semejante atrocidad? Traté de imaginar cómo sería ese Perú condenado.

ero hay una manera de vislumbrar ese futuro sin necesidad de imaginarlo. Basta mirarnos en el espejo hoy. Casi todo adulto mayor de hoy ha llegado a esa etapa sin haber sido obligado a ahorrar sistemáticamente durante su vida laboral. Los abuelos de hoy entonces, serían una demostración viviente del inevitable castigo que sigue a una vida sin ahorro obligatorio.

¿Cuál es la situación actual de los viejos? Usemos la encuesta anual de los hogares del INEI para ver cómo les ha ido a las personas que llegaron a los 65 sin haber sido “protegidos” por un ahorro obligatorio.

Nos dice, primero, que ellos sí conocen la pobreza, pero no más que los jóvenes. Incluso, su pobreza es ligeramente menor - 22 por ciento en comparación con el 24 por ciento de pobreza en la población total. Y la pobreza extrema tiene la misma incidencia entre jóvenes y mayores – 5 por ciento en cada caso. En parte, esto se debe a Pensión 65, que contribuye a reducir la pobreza de los abuelos, pero ese subsidio de 125 soles mensuales es recibido por apenas uno de cada diez viejos. Más que nada, ellos se defienden solos.

Segundo, casi todo adulto mayor vive en el seno de una familia. Apenas 14 por ciento se encuentran expuestos a la vulnerabilidad de la vida solitaria, mientras que 41 por ciento vive en un hogar de cuatro o más personas.

Tercero, apenas 4 por ciento de ellos paga un alquiler. El 89 por ciento vive en casa propia, libres de la inseguridad que representa un hogar alquilado, y protegidos por el capital invertido en su vivienda.

Cuarto, de los que tienen entre 65 y 85 años, casi un tercio sigue trabajando, ganándose el pan y contribuyendo a la economía de su familia en alguna ocupación.

Quinto, la encuesta revela que el aspecto más preocupante de la vejez no es mayor pobreza sino mayor incidencia de problemas de salud. Casi 80 por ciento de los adultos mayores aducen sufrir un mal crónico, más del doble de lo reportado por la población en general.

Ciertamente, en el espejo de hoy no hay visos de la calamidad pronosticada para los que no son obligados a ahorrar. Al contrario, ambos grupos, jóvenes y abuelos, han venido gradualmente reduciendo su pobreza. Pero la capacidad del adulto mayor para defenderse económicamente puede ser sobrepasada por las enfermedades y discapacidades. Tanto o más que la pensión, la ayuda crítica que requiere el abuelo podría ser una mayor seguridad y calidad de atención para la salud.

¿Los futuros abuelos serán menos capaces de defenderse? Comparados a los de hoy, tendrán más nivel educativo, vivirán más años con capacidad física y mental para trabajar, y gozarán de un mundo con más oportunidades. Pero en sentido contrario, la sociedad moderna viene debilitando el principal activo que tenemos para la protección social, la familia. Es mucho lo que se puede y debe hacer para mejorar el bienestar de nuestros abuelos, pero antes de recetar e imponer reformas echémosle una mirada a cómo de hecho ellos y sus familias ya lo vienen haciendo. La madre de la exclusión es ni siquiera querer escucharlos.

Publicado en El Comercio, 26 de octubre de 2014.


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