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Migrando a Tuco Alto

Richard Webb

“Aquí nadie roba”, dijo Flor. Explicaba la vida en Tuco Alto, un caserío en Cajamarca. Cuando nació hace 24 años, la familia vivía aislada en el campo. Su casa de adobe era un solo cuarto, donde dormían padres y cuatro hijos en piso de tierra, y además servía de cocina. El agua se debía cargar desde un puquio. La familia estaba ausente gran parte del día, la madre en la chacra y los hijos en la escuela. El padre era carpintero y a veces todos ayudaban para cortar y acarrear madera desde el bosque cercano. La sierra era manual y el trabajo lento y pesado, como lo era también el acarreo desde el bosque usando caballo sus propios hombros, pero el padre conseguía así el material para las camas y puertas que fabricaba. Luego venía el acarreo de los muebles para su venta en Bambamarca, la capital de distrito, debiendo levantarse todos a la una o dos de la madrugada y viajar un día entero, caminando junto a los caballos que llevaban la carga.

Al cumplir quince años y querer aportar a la familia, Flor pidió que le consiguieran trabajo, primero en la ciudad de Cajamarca, y luego en Lima, donde hoy es empleada de hogar.

En años recientes, la familia de Flor, junto con otras cincuenta o sesenta familias que también residían aisladas en el campo, migró al caserío Tuco Alto, creando así un nuevo centro poblado. Allí, con la ayuda de Flor, la mejora en los negocios, y un crédito de 22 mil soles de una caja rural, la familia finalmente logró el sueño de una casa de dos pisos, de material noble, y con cuartos separados para los hijos y sus esposas. El municipio ha instalado agua entubada, y pronto completará una red de saneamiento rural con biodigestores. También han llegado al pueblo la electricidad y la telefonía móvil.

Pero la mayor ventaja de residir en Tuco Alto es seguramente la carretera inaugurada en 2009, que conecta con Bambamarca y corta el viaje de un día a pie a dos horas en carro. El camino permite acceder rápidamente a la atención médica, y a los mercados de Bambamarca, donde viven quince mil habitantes. El camino también ha traído proveedores de madera, haciendo innecesarias las pesadas expediciones al bosque. La electricidad ha potenciado el negocio del padre, cuya carpintería hoy cuenta con la única motosierra en el pueblo. Su casa original en el campo tiene ahora poco uso, pues las jóvenes cuñadas de Flor se resisten a la vida solitaria.

La nueva prosperidad de Tuco Alto se refleja en el mercado de trabajo. Hace ocho años la madre de Flor contrataba peones para la siembra y cosecha en su chacra pagando un jornal de cinco soles, pero hoy debe pagar 25 o 30. El lote “urbano” en Tuco Alto ha subido de novecientos a cuatro mil soles.

¿Y la minería? La familia de Flor se unió a la marcha contra el proyecto Conga. En sus ojos, la casa mejorada es recompensa al esfuerzo de sus manos, más que a la abstracta lógica fiscal de la gran minería. Lo que es menos abstracto es la contaminación. En la provincia el estado ha contabilizado más de mil pasivos ambientales, relaves, bocaminas, desmontes y otros testimonios visibles de la amenaza ambiental. La óptica del desarrollo nacional exige aprovechar los enormes recursos mineros de la región, pero si el poblador de Tuco Alto va ejercer un poder de veto, ¡vaya el reto de convencimiento que tenemos por delante!

Publicado en El Comercio, 10 de noviembre de 2014.


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