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La débil mano visible

Richard Webb

¿Coordinados o descoordinados? Coordinados, por supuesto. ¿Balanceado o desbalanceado? Balanceado, por supuesto. ¿Orden o desorden? Orden, por supuesto. ¿Formal o informal? Formal, por supuesto. ¿Solución completa o incompleta? Completa, por supuesto. ¿Previsión o improvisación? Previsión, por supuesto. ¿Quién no conoce los mandamientos de la buena gestión?

Siglo y medio después de la obra de Adam Smith, los Estados Unidos y varios países europeos habían progresado sustancialmente hacia el desarrollo económico, guiados por los conceptos de libre mercado de Smith. Pero una mayoría de la población mundial seguía en gran pobreza. ¿Cómo explicar ese retraso?

Quien formuló una respuesta fue Paul Rosenstein-Rodan, economista nacido en Polonia. Su argumento fue que, cuando el aparato de la economía no se mueve, hace falta un “gran empujón”. Es que todo está relacionado. ¿Quién va invertir en una fábrica de camisas si no existe fábrica de hilos en el país? Ni de botones ni de tintes, ni electricidad para las maquinas, ni obreros capacitados, ni caminos para transportar el producto a los diferentes mercados del país, ni consumidores con capacidad de compra? La complementariedad de las cosas se vuelve una trampa, y crea un círculo vicioso que frustra cualquiera iniciativa individual.

La solución propuesta por Rosenstein-Rodan fue hacer todo a la vez. El círculo vicioso devendría en círculo beneficioso, y la dependencia mutua, en vez de barrera se convertiría en motor de un despegue. La complementariedad pasó a ser la idea fundadora de una nueva rama de la ciencia económica, la teoría del desarrollo. Poco después, Rosenstein-Rodan fue nombrado el primer economista del recientemente creado Banco Mundial.

Pero, ¿quién daría ese empujón? Difícilmente lo haría el empresariado de un país pobre, típicamente descoordinado, individualista y con escasos recursos. Sólo el estado podía ser el actor central de un gran empujón. Se trataba de países donde la “mano invisible” del mercado, descrita por Smith, no había funcionado, y era necesaria entonces una “mano visible” del estado. Era el estado quien se debía volver el director de orquesta del empujón, actuando como planificador, coordinador, y previsor del esfuerzo colectivo para despegar.

La nueva teoría motivó, en la mayoría de los países pobres, la creación de agencias de planificación, incluido el Perú, que en 1962 creó su primer Instituto de Planificación. Pero, salvo pocos países, el resultado no fue el esperado, y con el tiempo se fue haciendo evidente el error de la propuesta. Simplemente, en la mayoría de los países no existía la capacidad estatal para liderar, prever, y coordinar un masivo y balanceado esfuerzo colectivo. Si la mano invisible del mercado era débil, igual o más lo era la mano visible del estado. La incapacidad de este para imponerse se refleja en la informalidad e ilegalidad, y además en su poca efectividad técnica y funcional.

No obstante esas limitaciones, la teoría de Rosenstein-Rodan sustentó los ambiciosos proyectos de desarrollo rural promovidos por el Banco Mundial en los años setenta, los “proyectos de desarrollo rural integrado”. Buscando un desarrollo rural masivo y rápido, se diseñó el modelo del proyecto de gran escala que solucionaría, en forma simultánea, todas las carencias sociales y económicas de una gran región. Y se cumplirían todos los mandatos de la buena gestión. El proyecto sería altamente coordinado, formal, completo, previsor, y asociativo. Pero la tramitología, la coordinología y el perfeccionismo, sumados a la incapacidad de gran parte del estado, los tornaron irrealizables. Casi ninguno de ellos tuvo éxito.

Publicado en El Comercio, 24 de noviembre de 2014.


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