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Margen de error

Richard Webb

Hice una apuesta con el Presidente. Él estimó que la población del Perú llega a 32 millones; yo que apenas somos 30 millones. La apuesta se dio durante una exposición ante el Consejo de Ministros acerca del Censo Nacional que se realizará el próximo 22 de octubre.

Tramposamente, me aproveché de información que aún no es de dominio público. Habiendo transcurrido casi diez años desde el último censo, nadie sabe a ciencia cierta el tamaño exacto de la población, pero los expertos saben que se vive una desaceleración, consecuencia de una reducción en la natalidad. La familia peruana promedio ya no consiste en cinco sino en tres y medio personas pero el efecto de esa tendencia no se ha incorporado aun en las estimaciones de población publicadas. En internet, por ejemplo, hay afirmaciones oficiales recientes que respaldan la apuesta del presidente, señalando una población del orden de 32 millones.

Hace dos o tres décadas, el dato poblacional era interesante pero poco relevante en la vida nacional. Hoy, gracias a las nuevas tecnologías de procesamiento digital los datos están en el centro de la conducción, tanto del estado como de los negocios. Los medios se llenan de números, los censos y las encuestas se multiplican, y no sorprende entonces que el censo motive una larga discusión por parte del gabinete. Hoy, los planes y presupuestos de cada sector del gobierno se formulan y se aprueban en base a diversas estadísticas que, en su mayoría, son provistas por el INEI, y que en gran parte se sustentan en los datos del censo.

Ese nuevo apetito por los datos nos obliga a una reflexión acerca de su calidad, en especial acerca del famoso “margen de error”. Este término aparece cada vez que se publica encuestas, creando una impresión de exactitud. Pero es engañoso porque induce a pensar que el pequeño error técnico que dicen medir es el único posible error. Sin embargo, las encuestas pueden contener una variedad de errores no sospechados por el lector, derivados de un inadecuado diseño del cuestionario, o de un trabajo de campo imperfecto. La posibilidad del error no se limita a las encuestas sino que abarca todo tipo de estadística, y la guerra para minimizarlo es una parte central del oficio de los expertos estadísticos.

Un resultado del esfuerzo continuo de perfeccionamiento es que la exactitud de cada dato no se logra de inmediato sino gradualmente, según se va obteniendo información adicional que permite afinar las estimaciones originales. De allí la incómoda necesidad de publicar continuas revisiones de los números, práctica común de los INEIs de la mayoría de los países. Estados Unidos, por ejemplo, publica revisiones anuales de sus cifras del PBI de años anteriores, sorprendiendo al público que debe reacomodar sus explicaciones teóricas y políticas.

La nueva importancia de la estadística plantea un reto de gobernanza. Cada día es más necesaria la calidad y la autonomía de los proveedores de datos. El público debe comprender las limitaciones técnicas de ese oficio y respetar la honestidad de los técnicos, así como respeta a los meteorólogos que predicen la ruta de un huracán, aunque sabemos que también pueden equivocarse y deben estar continuamente revisando sus proyecciones.

Publicado en El Comercio, 24 de setiembre de 2017.


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