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Entreteniéndonos hasta la muerte

Richard Webb

En abstracto, repudiamos el bullying. Pero vaya que es entretenido. Pocas diversiones compiten con ese placer, quizás porque tiene algo de perverso, un gustito de maldad. A diferencia de otras formas de maltrato de una persona a otra, que comúnmente se dan en privado, el bullying es eminentemente público, una obra de teatro espontánea cuyo reparto consiste en un agresor, una víctima y varios espectadores.

Los hombres lo conocemos en el patio del colegio, mayormente jugando no de agresor ni de víctima sino de mirones babosos, avergonzados pero excitados. Con las mujeres, el arte se aprende con más frecuencia como hoy ha contado María Luisa del Río en su columna en Perú 21. Su columna es una crítica justificada a la telenovela de insinuaciones propaladas por varios medios de comunicación en relación a la muerte reciente de una joven. Pero además compara ese comportamiento abusivo con una lección de niña, recordando cuando acompañó a su abuela a una reunión de amigas en el casino de Ancón donde las damas se encargaron de despedazar la reputación de una señora no presente.

Pero si el bullying siempre ha sido parte de la interacción humana, hoy empieza a afectar la calidad e incluso la sostenibilidad de la sociedad entera. Una razón es el papel central que vienen tomando los medios masivos de comunicación. La multiplicación del acceso a esos medios nos viene transformando en una sociedad de tele-espectadores, compulsivos consumidores de noticias, creando una explosión de demanda. Para satisfacer esa demanda, los medios ponen de lado los estándares del pasado y crean telenovelas alrededor de los hechos. El reportaje estricto se vuelve un trabajo creativo y artístico, con una fuerte carga de la emotividad que busca el televidente. Se abre así el espacio para una nueva forma de bullying, el aderezamiento de hechos reales con sospechas e insinuaciones para crear telenovelas que captan al televidente y mantienen el rating.

Al mismo tiempo se consolida una relación entre los dos grupos más dependientes de la atención mediática, los dueños de los medios y los políticos. Los políticos y los medios masivos de comunicación comparten la lógica del rating como base del poder y del negocio. Para ambos, la atención es todo. El resultado ha sido un creciente trabajo al alimón entre ellos. Un pequeño número de políticos ha sido instalado cama adentro en los canales, y sus caras y voces nos acompañan durante el desayuno, almuerzo y comida, tan presentes como los lectores de noticias. Como será evidente, su selección no es al azar, ni menos con criterio de representatividad política nacional, sino por sus cualidades para el teatro televisivo que asegura la atención, o sea el rating. Se juntan así, en la silla que controla la atención y la interpretación pública de los principales aconteceres de la nación, dos intereses privados cuyo objetivo principal, sino único, es el rating.

El arte del entretenimiento ha cambiado, en gran parte por la tecnología. Cuando no existían las películas o la televisión, el novelista Dickens asistía a los ahorcamientos públicos en las afueras de Londres, buscando el estremecimiento del espectáculo. Hoy, podemos saborear esas mismas sensaciones cómodamente sentados en el sofá de la casa.

Publicado en El Comercio, 3 de diciembre de 2017.


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