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La Desigualdad

Richard Webb

Regresa a primeras planas la preocupación por la desigualdad económica. Hace medio siglo se discutía como uno de los mayores males de la sociedad, justificando revoluciones y reformas parciales, como fue la reforma agraria decretada por el gobierno del General Velasco. En ese contexto histórico dos estudiantes peruanos del doctorado en economía, Adolfo Figueroa y yo, optamos por estudiar el tema, trabajo que luego fue publicado por el Instituto de Estudios Peruanos. La reciente reedición de ese libro coincide con el retorno del tema a la palestra internacional.

Pero la atención que recibió el problema de la desigualdad en esos años desapareció en forma sorpresiva. Ciertamente, la interrupción se debió en parte a la necesidad de atender las crisis económicas de los años setenta y ochenta, crisis que además contribuyeron a desacreditar medidas redistributivas, como fue la reforma agraria. Pero, pasadas las crisis macroeconómicas, desde los años noventa, la justicia distributiva siguió olvidada debido a la llegada con fuerza de los derechos individuales. La política social empezó a ser copada por una diversidad de derechos individuales, de género, de las etnias, de los discapacitados, de los recién nacidos y los ancianos, y de diversos localismos. Fue como si el éxito económico del individualismo se trasladara a la agenda social. La excepción es la agenda ambiental, un objetivo que, como la desigualdad, sí tiene un carácter colectivo.

Hoy vivimos una nueva sorpresa – un repentino retorno del tema de la desigualdad. A diferencia de lo que sucedió en los años sesenta y setenta, ahora la atención está puesta en los países ricos donde se constata una fuerte y creciente desigualdad. Los primeros signos de la preocupación llegaron casi con el milenio, pero pegaron un salto en el año 2013 con la publicación de “Capital en el Siglo XXI” del francés Tomás Piketty. Con sabor a Marx, su análisis augura una tendencia inevitable hacia la concentración de la riqueza en el mundo. Otros estudios vienen documentando la extrema concentración y sus varios efectos. Así, Richard Wilkinson y Kate Pickett han demostrado que la desigualdad es nociva para la salud no sólo de los pobres sino también los ricos en una colectividad. Diversas instituciones internacionales, como la OCDE y el Banco Mundial, se han unido en dar la alarma. Incluso el FMI, entidad que desde su creación hace más de setenta años se ha abstenido de pronunciarse sobre temas que no son estrictamente monetarios y financieros, hoy levanta su voz sobre la desigualdad. Finalmente, hace pocos meses el historiador Walter Scheidel de la Universidad de Stanford, luego de revisar la historia redistributiva del mundo, ha concluido como Piketty, que la concentración es inevitable, pero además, que el único remedio en el pasado ha sido la violencia.

Casi de un día para otro la justicia económica se ha colocado nuevamente en las primeras planas, quizás más por su repercusión política que por simple ética. Cabría señalar que, desde la publicación de nuestro libro, mi coautor Adolfo Figueroa no ha dejado de insistir, en diversos trabajos, que la desigualdad es un estorbo y un peligro para una nación.

Publicado en El Comercio, 10 de diciembre de 2017.


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