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Tsunami de viejitos

Richard Webb

Sin dientes, sin trabajo, sin pensión, sin quien ayude a bajar las escaleras, o recordar adonde dejó sus anteojos, o cuál pastilla le toca tomar, ¿existe un estado de vida más patético que el del adulto mayor? Encima, el viejo de hoy no tiene la consideración de antes, cuando sabía despedirse a una hora razonable. Ahora, insiste en quedarse por allí y en el país nos llenamos de adultos mayores. Ya son varios miles los peruanos que pasan los cien años.

Algunos se alarman. ¿Cómo defendernos de un tsunami de viejos empobrecidos? Al estado no le quedará más que subsidiarlos, dicen, aunque venga la bancarrota. Por suerte, la llegada de esa ola será cosa de años, no de segundos. Podemos aprovechar esa gradualidad entonces para monitorear con estadísticas y prever el tamaño y la probable fecha del tsunami. ¿Cuán cerca está?

El primer indicador sería la desocupación. La ley nos manda jubilarnos a los 65 años pero felizmente de cada dos ocupados que llegan a esa edad, uno hace caso omiso a la norma y sigue trabajando. Lo que no toma en cuenta la norma es que, en cuanto a capacidad para el trabajo, los 65 años de hoy equivalen a 55 años de ayer, gracias a la mejora de las dietas y de la medicina. Incluso, muchos siguen trabajando pasados los 80 años.

Una segunda señal del posible tsunami sería el empobrecimiento. Pero aún no se percibe indicios de una relación entre la edad y la pobreza. La probabilidad de ser pobre después de los 70 años es 18 por ciento, mucho menor que la probabilidad de pobreza que tienen los niños. Casi un tercio de ellos son pobres hasta cumplir los 15 años. En la etapa intermedia de la vida, entre 30 y 40 años, la pobreza es más alta – 20 por ciento - que en la vejez.

Un tercer motivo de preocupación es el desamparo que aflige a los viejos cuando pierden su pareja o se alejan los hijos. Sin embargo, la soledad es la excepción. De los que han cumplido 70 años, menos de uno de cada cinco vive sólo. La gran mayoría - 83 por ciento - vive en hogares multifamiliares.

Si queremos cumplir con los viejos, lo que realmente está faltando es la atención a la salud. Vejez es casi sinónimo de salud deteriorada, pero el país no ha logrado asegurar ni un volumen adecuado ni el diseño que debe tener esa atención, sobre todo con un criterio geriátrico. Las enfermedades y las limitaciones se sufren a toda edad, pero su incidencia se multiplica con la edad. Después de los 70, sólo 6 por ciento de los peruanos declara no tener alguna enfermedad, malestar, o limitación física. Antes de los 70, sólo 3 por ciento sufre limitaciones mayores, como ceguera, cojera, sordera o alguna limitación para el contacto social. Después de los 80 años, la proporción se multiplica, alcanzando 34 por ciento. También se multiplica la incidencia de enfermedades crónicas cuyo tratamiento, más que una cura o intervención decisiva, requiere supervisión, paciencia y criterio de cura parcial y minimización de daños, o sea un modelo de atención distinta a la de la población de menor edad.

El milagro en este escenario de la problemática de la vejez es que cuando se pregunta por la satisfacción de la población, en todo el mundo las respuestas indican que los niveles más altos de felicidad se encuentran entre la población de mayor edad.

Publicado en El Comercio, 18 de febrero de 2017.


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