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El otro océano

Richard Webb

El océano está a la vista y muchos lo hemos gozado con frecuencia. Desde la costa peruana apreciamos su vastedad y belleza, y en ocasiones nos mueve el poderío con que se manifiesta. Lo miramos como a un amigo conocido, pero nos engañamos. Lo que vemos es solo la superficie de algo vasto, desconocido y casi insondable. Lo que ven nuestros ojos es un espejo que refleja el mundo de arriba pero que, como todo espejo, oculta su interior. Debajo de esa superficie se esconde una inmensa variedad de fenómenos no imaginados de la física y de la biología. Cada cien metros de profundidad nos lleva a un planeta distinto, cada uno con facetas propias, incluyendo un hoyo más profundo que la altura del Everest, volcanes en actividad, cadenas de montañas, y especies biológicas estrambóticas.

Propongo esa imagen como una advertencia para el que pretende explicar el Estado peruano, otro océano que conocemos menos de lo que creemos. Hay varias razones para nuestra ignorancia del Estado.

Primero, los secretos del Estado también cuentan con un espejo protector, en este caso, nuestra hipocresía. Más importante que la verdad acerca de algún hecho es la imagen de que se hizo bien. El error de criterio o ética es común y se entiende y se perdona. En un mundo imperfecto e imprevisible, la tolerancia es un pacto social que favorece a todos. Pero el pacto exige el ocultamiento del error. El Estado comete toneladas de errores y faltas cada hora, trátese de los actos de enfermeras, jueces, maestros, policías, revisores de pasaportes, o funcionarios locales que aprueban licencias, pero es un requisito absoluto que cada uno de esos actos se encuentre sustentado por múltiples firmas y vericuetos normativos que permitan negar la existencia de un error, y que esconden entonces la verdadera performance del Estado.

Segundo, conocer la acción del Estado se complica además por la variedad de las motivaciones de sus trabajadores. En toda actividad profesional hay elementos de mística, solidaridad e interés propio, pero vaya uno a descubrir el papel de cada uno. La motivación sana se revela en decisiones que aplican el sentido común, interpretando el espíritu y no sólo la letra de alguna norma, como sucede con frecuencia en la aprobación de licencias de construcción o negocio. Las decisiones de jueces, policías, y funcionarios que dan o niegan diversas licencias tienen un alto elemento de interpretación de las circunstancias y dejan espacio tanto para la motivación sana como para la corrupción.

Un estudio que realicé hace diez años con Sofía Valencia buscó entender el trabajo de maestros y médicos del servicio público. Quedamos convencidos del papel de la mística, pero también de la corrupción. Además, parecía existir un pacto social implícito entre el estado y los trabajadores, que se resumía en la broma “yo hago como si trabajara y ellos hacen como si nos pagaran” . En la práctica, se toleraba el incumplimiento de horarios y de otros compromisos profesionales, y el Estado aceptaba un rol agresivo del sindicato de maestros, cuyos abogados defendían a los maestros incumplidores.

A diario se piden reformas del Estado, pero pocos han demostrado interés en el buceo atrevido que exige conocer el océano que es el Estado. Una excepción ha sido el estudio del sistema judicial realizado por el antropólogo Jaris Mujica. Lamentablemente, ese vacío de conocimiento da pie a las revelaciones mediáticas que persiguen el rating o protagonismo político caricaturizando y distorsionando el verdadero conocimiento que exigen las reformas.

Publicado en El Comercio, 25 de febrero de 2018
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