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Despachamamización

Richard Webb

Los censos no registran, directamente, la cultura de un país, pero lo que nos informan sobre la ubicación, los movimientos y la actividad productiva de la población es, en efecto, una enseñanza cultural. Y el mensaje del reciente censo nacional es, entre líneas, que el Perú se ha transformado de ser un país de pasivos devotos, hincados ante la Pachamama, a un país de personas autosuficientes, que luchan de pie por sus aspiraciones.

Hace ocho años, cuando cruzaba una puna en Chumbivilcas, una de las provincias más aisladas y atrasadas del país, me encontré con una pequeña feria local. Pasando entre las campesinas que desplegaban sus ofertas sobre el pasto, me sorprendió ver a una vendedora con su pollera cubierta de productos usuales, pero, encima de las cebollas y los ganchos para el pelo, desplegaba además tres libros. Al acercarme, vi que eran los mismos textos de conocidos gurúes de los negocios, que se vendían en las calles de Lima. A pesar de la pobreza, el analfabetismo y la baja escolaridad, había en esa pampa lectores que aspiraban a otra vida y que buscaban motivación y tips prácticos para sus negocios.

Pero, ¿podemos confiar en el censo? Su ejecución dio lugar a dudas acerca de la precisión de sus datos. La omisión y la inexactitud son normales en todo censo, más aún en un territorio agreste como el nuestro, y su incidencia debe ser medida profesionalmente, con la asesoría y participación de entidades internacionales especializadas. Esa evaluación se viene realizando a nivel detallado, en base a una encuesta post-censal que investiga la calidad del censo por región y para distintas preguntas. De esa manera se ha determinado una omisión global de casi seis por ciento, cifra mayor a la del censo de 2007, pero no inusual en el mundo censal. El censo chileno de 2012 registró una omisión de nueve por ciento, el de los EEUU en 2010 casi cinco por ciento, mientras que el censo peruano de 2005 tuvo que ser descartado por su nivel de omisión superior al diez por ciento.

¿Qué nos dice el censo acerca de la cultura? Mi interpretación se basa en los cambios registrados en la ubicación y la estructura productiva, factores que influyen poderosamente en la cultura. El término despachamamización fue acuñado por el economista José María Caballero quien llamó la atención sobre este fenómeno en su estudio sobre la Economía Agraria de la Sierra Peruana, publicado en 1981. Caballero describió una “pérdida de identidad y de interés de largo plazo por la tierra”, especialmente en el campesinado rico, y una tendencia a trasladarse afuera de la tierra y a desarrollar otra actividad empresarial. Como indica el censo, esa tendencia identificada por Caballero se ha multiplicado desde que publicó su trabajo, y alcanza hoy a los agricultores más pobres. Un estudio reciente del sociólogo Giovanni Bonfiglio, por ejemplo, describe ese fenómeno en dos provincias de Huancavelica.

El nuevo censo confirma lo que viene a ser una reducción histórica de la población de la Sierra. A inicios del siglo pasado, siete u ocho de cada diez peruanos residía en la Sierra, y vivía dependiente - y pendiente - de la generosidad y los vaivenes de la tierra. Había minas, pero el grueso de la vida económica consistía en la agricultura ancestral, dependencia que hacía inevitable el temor, la reverencia y una actitud mística y de sujeción ante los caprichos de la Madre Tierra. Esos sentimientos se volvían aún más estrechos por la extrema dispersión de la población, obligada a buscar entre la vastedad de la geografía serrana, los pequeños espacios donde encontrar tierra arable y agua, y crear pequeños núcleos aislados de población, un patrón de asentamiento que limitaba fuertemente las ventajas productivas y creativas de la aglomeración poblacional.

Como lo confirma el censo, la proporción de la población que reside en la Sierra se ha reducido a 28 por ciento, y se ha trasladado o los centros urbanos de la Costa o a la Selva. Además, la misma población de la Sierra se ha venido trasladando desde el campo a las ciudades y otros centros urbanos de la Sierra, reduciendo fuertemente la población que sigue dependiendo de la Pachamama. Lo que nos dice el censo es que nos hemos convertido en una población que trabaja en una gran variedad de ocupaciones y oficios, que se traslada con frecuencia, y que depende como nunca antes en sus capacidades, iniciativas y conocimientos propios. Muchos siguen la costumbre de la reverencia a la Pachamama, pero el acto es más un entretenimiento o una devoción que un compromiso vital.

Publicado en El Comercio, 1 de julio de 2018.


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